Extractos de la conferencia pronunciada por el entonces cardenal Ratzinger al concluir el Congreso sobre «el Derecho a la vida y Europa», organizado por el Movimiento Italiano para la Vida y celebrado en Roma el 18 y 19 de diciembre de 1987. Ese Congreso puede ser considerado una contribución que –situado en la reflexión europea más general sobre el estatuto jurídico del embrión- se conecta con las dos resoluciones importantes del Parlamento europeo (16 marzo de 1989) sobre problemas éticos y jurídicos de la fecundación humana artificial y sobre la ingeniería genética. En tales resoluciones, es bueno recordarlo, se afirman el derecho a la vida, a la familia y a la identidad genética del ser humano concebido. No parece casual que ese congreso de 1987 fuese inaugurado mediante una audiencia concedida por Juan Pablo II, en la que los asistentes al Congreso escucharon estas palabras: «Ustedes trabajan para restituir su verdadera dignidad a Europa: la de ser el lugar donde la persona, cada persona, es acogida en su dignidad incomparable». No parece casual hoy que ese Congreso concluyese con las espléndidas palabras del cardenal Ratzinger, ahora Papa con el nombre de Benedicto, el santo patrono de Europa.
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En las actuales sociedades pluralistas, en las que coexisten diferentes orientaciones religiosas, culturales e ideológicas, se torna cada vez más difícil garantizar una base común de valores éticos compartidos por todos, aptos para ser fundamento suficiente para la democracia misma. Por otra parte, es una convicción bastante difundida el que no se puede prescindir en lo más mínimo de valores morales reconocidos y sancionados en la vida social; pero cuando se trata de determinarlos a través del juego del consenso que ellos deben obtener a nivel social, su consistencia se reduce cada vez más. Un único valor es el que parece indiscutido e indiscutible, hasta convertirse en el filtro de selección para los demás: el derecho de la libertad individual para expresarse sin imposiciones, al menos hasta que esa libertad no perjudique el derecho de los demás.
Es por eso que se invoca también el derecho al aborto como parte constitutiva del derecho a la libertad para la mujer, para el hombre y para la sociedad. La mujer tiene el derecho de continuar con el ejercicio de su profesión, de salvaguardar su reputación de mantener un cierto régimen de vida. El hombre tiene derecho a decidir su tenor de vida, de hacer carrera, de gozar de su trabajo. La sociedad tiene el derecho de controlar el nivel numérico de la población, para garantizar a los ciudadanos un bienestar generalizado, a través de la gestión equilibrada de los recursos, de la ocupación, etc., todos derechos que son reales y que están bien fundamentados. Nadie niega que a veces la situación concreta de vida en la que madura la opción por el aborto pueda ser dramática. Sin embargo, el hecho es que el ejercicio de estos derechos reales se reivindica en perjuicio de la vida de un ser humano inocente, cuyos derechos ni siquiera no son tomados en consideración. De este modo, ese ejercicio termina siendo ciego frente al derecho a la vida de otro, del más pequeño y del más débil, quien no tiene voz. Los derechos de algunos se afirman perjudicando el derecho fundamental a la vida de los otros. Toda legalización del aborto implica entonces la idea que es la fuerza la que funda el derecho.
Así, inadvertidamente para la mayoría, se minan realmente las bases mismas de una democracia auténtica fundada sobre el ordenamiento que proporciona la justicia. Las Cartas Constitucionales de los países occidentales, fruto de un complejo proceso de maduración cultural y de luchas seculares, se basan en la idea de un orden de justicia, en la conciencia de una igual fundamental de todos en la humanidad común. Al mismo tiempo, expresan la conciencia de la profunda iniquidad existe al hacer prevalecer los intereses reales, pero secundarios, de algunos sobre los derechos fundamentales de otros. La Declaración universal de los Derechos del Hombre, firmada en 1948 por casi todos los países del mundo, después de la terrible prueba de la segunda guerra mundial, expresa plenamente, inclusive hasta en su título, la conciencia que los derechos humanos (de los cuales es el fundamental justamente el derecho a la vida) pertenecen por naturaleza al hombre, que el Estado los reconoce aunque no los confiere, que ellos pertenecen a todos los hombres en cuanto hombres y no por otras características secundarias que otros tendrían el derecho de determinar arbitrariamente. Se comprende entonces cómo un Estado que se arroga el privilegio de definir lo que es o que no es sujeto de derechos, que en consecuencia reconozca a algunos el poder de violar el derecho fundamental a la vida de otros, contradice el ideal democrático, que también sigue reivindicando y mina las bases mismas sobre las que se rige. En efecto, al aceptar que se violen los derechos del más débil, también acepta que el derecho de la fuerza prevalezca sobre la fuerza del Derecho.
Pero además del problema jurídico, en un nivel más fundamental está el problema moral, el cual atraviesa del corazón de cada uno de nosotros, en esa interioridad recóndita donde la libertad se decide por el bien o por el mal. Decía hace poco que, en la decisión a favor del aborto, hay necesariamente un momento en el que se acepta tornarse ciegos frente al derecho a la vida del pequeño recién concebido. El drama moral, la decisión por el bien o por el mal, comienza por la mirada, por la decisión de observar el rostro del otro o no. ¿Por qué hoy se rechaza en forma casi unánime el infanticidio, mientras que se han vuelto casi insensibles al aborto? Quizás sólo porque en el aborto no se ve el rostro de quien será condenado a no ver jamás la luz. Muchos psicólogos han puesto de relieve que en las mujeres que quieren abortar se retoman las fantasías espontáneas de una madre en espera, que da un nombre al hijo, que se imagina el rostro y el futuro. Y precisamente estas fantasías retomadas retornan después con más frecuencia, como sentimientos de culpa irresueltos para atormentar la conciencia. El rostro del otro está cargado de un llamado a mi libertad, para que lo reciba y lo tome a cargo, para que afirme su valor en sí mismo y no en la medida en que coincide con mi interés. Como verdad del valor único e irrepetible de la persona, hecha a imagen de Dios, la verdad moral es una verdad cargada de exigencia para mi libertad. Decidir mirar a la cara es decidir convertirme, dejarme interpelar, salir de mí y hacer espacio al otro. Por lo tanto, también la evidencia del valor moral depende en buena medida de una secreta decisión de la libertad, que acepta ver y, por eso, ser provocada y cambiar.
En su prefacio al conocido libro del biólogo francés Jacques Testart, L’oeuf transparent, el filósofo Michel Serres (aparentemente un no creyente), al afrontar la cuestión del respeto debido al embrión humano, se plantea la pregunta: «¿Qué es el hombre?». Él revela que no hay respuestas unívocas y verdaderamente satisfactorias en la filosofía y en la cultura. Sin embargo, él advierte que nosotros, pese a no tener una definición teórica del hombre, de todos modos en la experiencia de la vida concreta sabemos bien lo que es el hombre. Sobre todo, lo sabemos cuando nos encontramos frente a quien sufre, a quien es víctima del poder, a quien está indefenso y condenado a muerte: «Ecce homo! ¡He aquí al hombre!». Efectivamente, este no creyente retoma justamente la frase de Pilatos, quien tenía todo el poder, pronunciada frente a Jesús, despojado y flagelado, coronado de espinas y de ahí en más condenado a la cruz. ¿Qué es el hombre? Es justamente el más débil e indefenso, aquél que no tiene poder ni voz para defenderse; aquél al que podemos pasar a su lado en la vida aparentando que no lo vemos; aquél al que podemos cerrar nuestro corazón y decir que no ha existido jamás. Así, retorna a la memoria otra página evangélica, que quería responder a una pregunta similar que reclama una definición: «¿Quién es mi prójimo?». Sabemos que para reconocer quién es nuestro prójimo es necesario aceptar hacerse prójimo, es decir, detenerse, descender del caballo, aproximarse a quien tiene necesidad, hacerse cargo de él. «En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25, 40). ¿De qué manera le es posible al hombre esta mirada capaz al mismo tiempo de acoger y respetar la dignidad de la otra persona y de garantizar la suya propia?
El drama de nuestro tiempo consiste justamente en la incapacidad de mirarnos así, razón por la cual la mirada del otro se convierte en una amenaza de la que hay que defenderse. En realidad, la moral vive siempre inscripta en un horizonte religioso más amplio, el cual constituye el respiro y el ambiente vital. Fuera de este ámbito, ella se torna asfixiante y formal, se debilita y después muere. Como horizonte, el reconocimiento ético del carácter sacro de la vida y el esfuerzo para que se la respete tienen necesidad de la fe en la creación. Así como un niño puede abrirse con confianza al amor si se sabe amado y puede desarrollarse y crecer si se sabe vigilado por la mirada de amor de sus progenitores, del mismo modo también nosotros logramos mirar a los otros respetando su dignidad de personas, si experimentamos la mirada de amor de Dios sobre nosotros, lo que nos revela cuán preciosa es nuestra persona. «Y dijo Dios: “hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra […]. Y vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien» (Gn 1, 26.31).
El cristianismo es esa memoria de la mirada de amor del Señor sobre el hombre, mirada en la que son custodiadas la verdad plena del hombre y la garantía última de su dignidad. El misterio de la Navidad nos recuerda que en el Cristo que nace, cada vida humana es absolutamente bendecida desde su inicio y es acogida por la mirada misericordiosa de Dios. Los cristianos saben esto y están con su propia vida bajo esta mirada de amor; reciben con esto mismo un mensaje que es esencial para la vida y el futuro del hombre. Así ellos pueden asumir hoy con humildad y altivez el alegre anuncio de la fe, sin la cual la existencia humana no subsiste demasiado. En esta tarea de anuncio de la dignidad del hombre y de los deberes de respeto de la vida que resultan de ello, ellos serán probablemente escarnecidos y odiados, pero el mundo no podría vivir sin ellos.
Quiero concluir con las estupendas palabras de la antigua Epístola a Diogneto, en la cual se describe la insustituible misión de los cristianos en el mundo:
«En efecto, los cristianos no son distintos de los otros hombres ni por el territorio, ni por la lengua ni por el modo de vivir […]. Habitando en ciudades griegas o bárbaras, tal como le ha tocado a cada uno en suerte, y adaptándose a los usos del país en el vestido, en el alimento y en todo el resto de su vida, dan ejemplo de una forma de vida social maravillosa e increíble, como reconocen todos. En sus respectivas patrias habitan como gente extranjera; participan de todos los honores como ciudadanos y soportan todo como extranjeros. Toda tierra extranjera es una patria para ellos y toda patria es tierra extranjera. Se desposan como todos los otros y tienen hijos, pero no exponen a los neonatos. Tienen en común la mesa, pero no el lecho. Viven en la carne, pero no según la carne. Moran en la tierra, pero son ciudadanos del cielo. Obedecen a las leyes establecidas, pero con su tenor de vida sobrepasan las leyes. Aman a todos, y son perseguidos por todos […]. Para decirlo en una palabra, los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo. […]. El alma ama la carne, que la odia, y a los miembros: también los cristianos aman a los que los odian. El alma está inserta en el cuerpo, pero ella misma sostiene al cuerpo: también los cristianos están insertos en el mundo como en una prisión, pero sostienen al mundo. […]. Tan alto es el puesto que Dios les asignó, que no les es lícito abandonarlo».
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