Cardenal Joseph Ratzinger, «¿Qué es el hombre?»
Reflexiones del Cardenal Joseph Ratzinger al Movimento per la Vita italiano, publicado en L'Europa di Benedetto nella crisi delle culture (Edizioni Cantagalli, Siena 2005), publicado en el periódico Avvenire el 21-6-2005.
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En su prefacio al conocido libro del biólogo francés Jacques Testart, L'œuf transparent, el filósofo Michel Serres (aparentemente un no creyente), al afrontar la cuestión del respeto debido al embrión humano, se plantea la pregunta: «qué es el hombre?». Él destaca que no hay respuestas unívocas y verdaderamente satisfactorias en la filosofía y en la cultura. Sin embargo, nota que nosotros, a pesar de no tener una definición teórica precisa del hombre, en la experiencia de la vida concreta sabemos bien qué es el hombre. Lo sabemos sobre todo cuando nos encontramos frente a quien sufre, a quien es víctima del poder, a quien está indefenso y condenado a muerte: «¡He aquí el hombre!». Sí, este no creyente remite justamente a la frase de Pilatos, quien tenía todo el poder frente a Jesús desnudo, flagelado, coronado de espinas y condenado a la cruz: qué es el hombre? Es justamente el más débil e indefenso, aquél que no tiene ni poder ni voz para defenderse, aquél con quien podemos pasar en la vida junto a él amagando no verlo. Aquél a quien podemos cerrar nuestro corazón y decir que no ha existido jamás. Así, espontáneamente, vuelve a la memoria otra página evangélica, en la que se quería responder a un pedido similar de definición: «¿quién es mi prójimo?». Sabemos que para reconocer quién es nuestro prójimo es necesario aceptar hacerse prójimo, es decir, afirmarse, descender del caballo, aproximarse a quien tiene necesidad, hacerse cargo de él. «En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25, 40).
Quiero leerles un extracto de un gran pensador ítalo-germano, Romano Guardini: «el hombre no es intangible por el hecho que vive. De tal derecho sería titular también un animal, en cuanto también se encuentra viviendo […] La vida del hombre permanece inviolable porque él es una persona […] El ser persona no es un dato de naturaleza psicológica, sino existencial: no depende fundamentalmente ni de la edad, ni de la condición psicológica, ni de los dones de la naturaleza de los que el sujeto está provisto […] La personalidad puede permanecer por debajo del umbral de la conciencia –como cuando se duerme, sin embargo permanece y a ella es necesario referirse. La personalidad puede estar todavía no desarrollada, como cuando se es niño, sin embargo desde el comienzo ella reclama el respeto moral. Hasta es posible que la personalidad en general no emerja en los actos, en cuanto faltan los supuestos psicofísicos, como sucede con los enfermos mentales […]. Por último, la personalidad puede permanecer también oculta, como en el embrión, pero desde el comienzo le está dada en él y tiene sus derechos. Ésta es la personalidad que le da a los hombres su dignidad. Ella lo distingue de las cosas y los hace sujetos […]. Se trata una cosa como si fuese una cosa cuando se la posee, se la usa y por último se la destruye o –en el caso de los seres humanos- se la mata. La prohibición de matar al ser humano expresa en la forma más aguda la prohibición de tratarlo como si fuese una cosa» (de «I diritti del nascituro», publicado en Studi cattolici, mayo/junio de 1974).
También es claro que la mirada que acepto dirigir libremente al otro decide mi misma dignidad. Del mismo modo que puedo aceptar reducir al otro a una cosa, usarlo y destruirlo, así también debo aceptar las consecuencias de este modo mío de mirar, consecuencias que repercuten sobre mí. «Con la medida con que midáis se os medirá». La mirada que dirijo sobre el otro decide mi humanidad. Puedo tratarlo simplemente como cosa, olvidando su dignidad y la mía, su ser imagen y semejanza de Dios y mi ser. El otro es custodio de mi dignidad. Es así porque la moral, que comienza a partir de esta mirada sobre el otro, custodia la verdad y la dignidad del hombre: el hombre tiene necesidad de ser él mismo y no perder su identidad en el mundo de las cosas. Hay un último paso que hay que dar en nuestra reflexión, un paso que nos reconduce al pasaje del Génesis del cual hemos partido. ¿Cómo es posible al hombre esta mirada, capaz al mismo tiempo de recoger y respetar la dignidad de la otra persona y de garantizarle la propia? El drama de nuestro tiempo consiste justamente en la incapacidad de mirarnos así, ya que la mirada del otro se convierte en una amenaza de la que hay que defenderse. En realidad, la moral vive siempre inscripta en un horizonte religioso más amplio, el que constituye la respiración y el ámbito vital. Fuera de este ámbito ella se torna asfixiante y formal, se debilita y entonces muere. El reconocimiento ético de la sacralidad de la vida y el esfuerzo para respetarla tiene necesidad de la fe en la creación como su horizonte: así como un niño puede abrirse con confianza al amor si se sabe amado y puede desarrollarse y crecer si se sabe seguido por la mirada de amor de sus progenitores, del mismo modo también llegamos a mirar a los otros en el respeto de su dignidad de personas si hacemos experiencia de la mirada de amor de Dios sobre nosotros, la que nos revela cuán preciosa es nuestra persona. «Y dijo Dios: “hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra [...]. Vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien» (Gn 1, 26.31).
El cristianismo es esa memoria de la mirada de amor del Señor sobre el hombre, en la que están custodiadas su plena verdad y la garantía última de su dignidad. El misterio de la Navidad nos recuerda que cada vida humana, desde su primer comienzo, está definitivamente bendecida y acogida en el Cristo que nace por la mirada misericordiosa de Dios. Los cristianos saben esto y están con su propia vida bajo esta mirada de amor; reciben con esto mismo un mensaje que es esencial para la vida y el futuro del hombre. En consecuencia, ellos pueden asumir hoy con humildad y altivez el gozoso anuncio de la fe, sin el cual la existencia humana no subsiste a la larga. En esta tarea de anunciar la dignidad del hombre y los deberes de respeto a la vida que se derivan de aquella, probablemente serán motivo de risa y de odio, pero el mundo no podría vivir sin ellos.
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