Dirección: Francis Lawrence
Producción: Akiva Goldsman, Richard Donner, Michael Aguilar, Lauren Shuler Donner
Guión: Mark Bomback, Frank Cappello
Elenco: Keanu Reeves, Rachel Weisz, Max Baker, Djimon Hounsou, Tilda Swinton, Shia Labeouf, Gavin Rossdale, Peter Stormare
Una película mala. Punto. Esto para quienes quieren ahorrarse más explicaciones. Aunque la película tenía grandes ambiciones y pensó incluso en Mel Gibson para el papel principal, al final la ambigüedad moral, el guión mediocre y poco comprensible y el ritmo sincopado, casi con hipo, de la narración, espantaron a los mejores prospectos.
Con un ritmo que salta de lo cansino a lo casi epiléptico, la película pone al personaje principal como un ser amoral, que de mala gana lucha del lado del bien, aunque ese bien no queda claro, pues se encuentra en algún lugar “intermedio” entre el infierno y el cielo, entre Dios y el demonio. El resultado es un superhéroe poco apelante, apático y hasta antipático. De paso, la teología católica sobre el cielo y el infierno es presentada de forma sorprendentemente caricaturizada.
John Constantine ha nacido con la capacidad de reconocer claramente a los ángeles y a los demonios que andan por la tierra bajo un aspecto humano. Constantine quiso quitarse la vida para escapar de la atormentadora claridad de su visión, pero fue regresado a la vida, con la marca de que, por su intento pecaminoso, terminaría en el infierno. Así, de mala gana, se dedica a patrullar la frontera con el infierno, enviando a los esbirros del diablo de vuelta a las profundidades. Una escéptica detective de policía investigando la muerte de su hermana lo llevará a descubrir una conspiración del infierno para dominar a la humanidad... y tratará de hacer algo al respecto.
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